Ruanda, la “tierra de la eterna primavera” según fue bautizada por colonos alemanes ante su imponente belleza, es también el país más pequeño de África, el más densamente poblado y uno de los más pobres del mundo. La historia, según ha expresado Walter Benjamin en su Tesis sobre Filosofía de la historia (1940) es una construcción interesada de las élites de poder para justificar el dominio. Quizás por esto poco sabemos de este holocausto así como el de tantos otros. Creemos que lo más impactante de este suceso, en el que hermanos de una tribu fueron sobre aquellos con quienes habían compartido sus vidas para aniquilarlos, es confirmar que, en medio de tanta adversidad, alguien puede encontrar a Dios y pueda perdonar: “El perdón es lo único que tengo para ofrecer” expresa Inmaculée en el prólogo del libro Sobrevivir para contarlo: Cómo descubrí a Dios en medio del Holocausto en Ruanda.
Una década después del genocidio, Inmaculé pudo visitar la casa del pastor Murinzi y entrar al lugar en que fueron ocultadas, preguntándose cómo hicieron para sobrevivir en ese espacio tan pequeño en el que debían permanecer silenciosas e inmóviles, escuchando la ronda de los depredadores que acechaban, en condiciones de lamentable higiene y con la poca comida que podía pasarles el pastor, por temor a ser descubierto. Sobrevivir, dirá la autora, es muy distinto a salvarse.
Una escena familiar descripta por Inmaculée en el primer capítulo de esta crónica desgarradora de los sucesos que sacudieron a su aldea, nos permite comprender de dónde extrajo la fuerza para lo que le tocaría vivir en esos días de horror y de masacre. En esta, su primera obra, nos impacta con la siguiente estampa familiar: Ya están todos en cama, dispuestos a dormir, han cenado y orado, cuando el padre llega cansado, a la noche, pero con ganas de compartir un rato con sus hijos; entonces los hace levantar para transitar un momento de charla y oración. La madre, también agotada de la jornada, alega que ellos tienen que ir a la escuela temprano al otro día y que ya han orado. A lo que el padre responde: “Uno jamás puede orar demasiado… ¿verdad, Inmaculée?”. A esta expresión, convertida en plegaria infinita dentro de este relato, la autora la adorna con la siguiente reflexión: “Lo idolatraba y me sentía encantada de que hiciera una pregunta tan importante”. Es la oración infinita e intensa el refugio de su alma atormentada en esos días de oscuridad y de sangre.
Inmaculée Ilibigiza, a los 22 años era una destacada estudiante que había conseguido una beca para estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Nacional de Ruanda. Casi toda su familia fue asesinada durante los sucesos vividos en abril de 1994 durante el Holocausto de Ruanda, mientras ella va de vacaciones a visitarlos. Y este padre amoroso que le había enseñado a orar con fervor en su niñez, es el mismo que durante la noche, en la Pascua de 1994, guía a Inmaculée de la mano hacia la casa del Pastor Murinzi para pedir protección, ya que el escuadrón de la muerte se dirigía a la aldea para terminar con la vida de hombres, mujeres y niños. Allí, esta joven sobreviviente permaneció oculta 91 días en un baño minúsculo, disimulado detrás de un placard, junto con otras siete mujeres, mientras el genocidio arrasaba su aldea y su país, cobrándose la vida de un millón de ruandeses. Al salir de esa prisión, Inmaculée pesaba 29 kilos, pero no había perdido la fe ni la esperanza. Luego de padecer tanto horror, en 1998 se va de Ruanda, se une a las Naciones Unidas y vive en Nueva York, donde en 2006 pudo escribir su libro junto al periodista Steven Erwin.
Esta es la historia que transcurre en una diminuta y preciosa aldea, en una familia con padres que trabajaban como educadores y eran fervientes católicos, que habían logrado un mínimo bienestar gracias al esfuerzo y al estudio, dictando clases, cosechando frijoles, banano y café, en una porción de tierra heredada de los abuelos; una casa considerada lujosa en la aldea ( aunque “no así para los parámetros occidentales de lujo”, recuerda en su libro), que comunicaba con el lago Kivu donde solían tener jornadas de diversión. Una aldea pobre, donde los niños caminan 13 kilómetros entre ir y venir a la escuela, en condiciones de alimentación deficiente. El odio fue parejo y no hizo selección de personas; vieron arder la casa que habían levantado con sus manos y corrieron por caminos de terror hasta ser alcanzados por los asesinos.
Cuenta la autora que los Hutus y los Tutsis se habían casado durante siglos y sus genes se habían entremezclado; “hablábamos el mismo idioma, Kinyaruanda, y compartíamos la misma historia. Vivíamos en los mismos pueblos, en las mismas calles; teníamos virtualmente la misma cultura: cantábamos las mismas canciones, cultivábamos las mismas tierras, asistíamos a las mismas iglesias y adorábamos al mismo Dios. ¿Cómo comprender los aterradores caminos del odio y los inquietantes rostros del poder?”
Una vez que fueron rescatadas de la casa del pastor, emprendieron un camino sembrado de muerte que las condujo al campamento donde fueron liberadas. La reflexión de Inmaculée nos introduce en un espacio de preguntas interminables: “Retomé mi mirada hacia el camino, recordé que ese camino me había llevado hacia todos los lugares que amaba y recorrí mi vida, la vida que ya se había ido. Cerré mis ojos, pensé cómo mis hermanos y yo siempre lo seguíamos donde quiera que íbamos; y le dije a Dios que ahora le tocaba a Él indicarme el nuevo camino hacia una nueva existencia” (Pág. 155).
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TESTIMONIO: SOBREVIVIR PARA CONTARLO / INMACULÉE ILIBAGIZA (Logos - Rosario)